Empieza el verano a mediados de junio. Lo noto bajo esta falda larga, resbalando por mis piernas y deshaciéndose hasta entrar en mis deportivas blancas. La estación se condensa en pequeñas gotas de sudor que se adhieren a mi piel y no bajan de los 38ºC. Promete ser un verano de trabajo, con alguna escapada de fin de semana que tal vez alivie la sensación de rutina. Y tengo bien claro que necesito ambas. Si no trabajara no ansiaría el descanso, así como a mi juicio una vida completamente ociosa le restaría valor -quizás sin pretenderlo- al propio "no hacer nada".
Así que el cielo ha cambiado sus colores, y yo intento hacer lo mismo. El verano siempre ha sido rumba catalana en la cabeza, sol y agua, viaje y alegría.
Conviene recordarlo. A veces me siento mayor. Pero vamos, mujer, alegra ese pensamiento, que solo van 30 y quedan años por delante para curarte de culpas, decepciones y amargura. Madurar no es arrugar la frente, y sin duda tampoco es apagar el alma por reformas. Se puede vivir mientras se aprende, que a veces la vida es agria sí, pero no siempre y no todo dura eternamente. Hay que reír más y soñar más. Hay que disfrutar, carajo, que eres española y tu cultura por algo se encuentra entre las más simpáticas del planeta. Y no es por fardar, que el patriotismo nunca ha sido tu discurso, tan solo es un empujón en la dirección más conveniente.
Morir lo haremos todos, vivamos pues como si fuera verano.
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